El helado de mi niñez

Ficcion

 

Mientras me tomaba una pausa laboral y chapoteaba entre mensajes y publicidades de las redes sociales, me tope con la noticia que nunca hubiese deseado encontrar: La legendaria heladería de mi barrio, Monte Olivia, cerraba sus puertas después de más de 50 años de historia. La primicia me golpeó como un cross a la mandíbula. Desde que leí esa carta de despedida por parte de los dueños, mi día no transcurrió de la misma manera. Solo tenia en mente terminar mi jornada laboral para correr a saborear mi ultimo cucurucho de mouse de chocolate con dulce de leche. No podía pensar en otra cosa, ese deseo había infectado mi cabeza como un virus y solo deseaba que le reloj de la pared apurara su paso hasta el horario de salida.

Salí del trabajo excitado, apurado y ansioso, en la publicación no estaba estipulada la fecha. No sabia exactamente a partir de cuando cerraba sus puertas, supuse que me quedaban dos o tres días para mi cumplir un ultima deseo, a nadie se le niega el ultimo helado, ni siquiera a condenado a muerte. Por la autopsita el auto el corría a toda velocidad. Mientras manejaba repasaba mentalmente todos los momentos el cuales la heladería había sido parte de mi historia

Recordé cuando recién abrieron, en la esquina donde ahora hay una pizzería, creo que se llamaba de otra manera. Mi papá me llevaba los domingos a la tarde por mi vasito de frutilla y crema del cielo, yo me sentaba en esas típicas hamacas de heladería, con techo de lona blanco y amarillo. Mis pies no llegaban al suelo; el vaivén ondulante y el cielo derritiéndose en mi boca era una sensación placentera y excitante que nunca pude desterrar de mi memoria.

Más tarde se mudaron a la esquina actual, no me acuerdo el año. En una época atendían por una ventana lateral que daba a la calle Fernández de enciso y me recuerdo chiquito e inquieto, escalando la ventana como si fuera un muro en búsqueda de mi premio merecido, un vasito de dulce de leche con frutilla al agua, después comprendí que la frutilla a la crema era la reina de todos los sabores.

Cuando terminaban las clases, el festejo consistían en reunirnos todos en la heladería y festejar con un helado, el fin de un nuevo año y el comienzo de una temporada de verano prometedora.

En esa época las heladerías solo abrían en temporada y el verano transcurría rápido y el invierno de espera se hacia eterno. Cuando llegaba noviembre y ante la proximidad de una nueva temporada, le pedía a mi mamá que me llevara a la plaza, para poder espiar a través del vidrio en búsqueda de algún indicio que me dijera que faltaba poco.

La proeza más grande que recuerda todo el barrio fue cuando yo estaba en la secundaria y una cadena de heladerías muy famosa intentó disputarte el incuestionable reinado. El barrio entero se complotó para expulsar a esa franquicia de helados industriales que pretendía competir con un icono, con una leyenda, con nuestra Monte Olivia.

Fue tal fracaso de ese emprendimiento, que al mes tuvieron que levantar campamento y emprender la retirada. Fue en vano todo lo que hicieron para evitar ese desastre: trajeron a celebridades a comer helados e hicieron promociones que eran difíciles de rechazar. Pero la lealtad no se vende ni siquiera con un descuento del cincuenta por porciento el kilo ni por el espectáculo de observar de cerca a Gabriela Sabatini lamiendo un cucurucho.

El día que terminamos la secundaria, no reunimos por ultima vez en esa esquina, invitamos a la de matemáticas que era una copada y nos dio un pequeño discurso que hizo emocionar hasta la más quilombero.

Mis hijos también me salieron fanáticos de esos  sabores, quizás por que como una legendaria tradición repetí el mismo ritual que mi viejo había hecho conmigo. Ahora ellos me piden que los lleve a la plaza con la excusa de terminar la excursión compartiendo un kilo comiendo todos del pote.

Los tiempos cambiaron, ahora las heladerías crecen como yuyo en cualquier rincón del barrio, el helado se puede comer todo el año y Devoto ya no es ese barrio de ingleses que venían a trabajar en el ferrocarril.

Yo sigo manejando a toda velocidad, parezco el protagonista una de esas películas donde el chico corre hacia el aeropuerto para evitar que el amor de su vida se le escape. No estamos en Hollywood y la realidad es mucho más cruda que en las películas. Estoy a punto a llegar, el tiempo se hace infinito, estacionar en el barrio se ha transformado una proeza épica.

Llego corriendo de la ansiedad y me recibieron las puertas de vidrio del local cerradas. No pude despedirme, me perdí ese ultimo beso que cambiara mi destino. Me quedé petrificado bajo el sol de la tarde, con los pantalones cortos y las medias hasta las rodillas mirando como el helado de mi niñez se derretía ante mis ojos. Solo atiné a escribir una nota y pegarla como pude: Hasta siempre, espero volver a verte, el gusto de tus besos de mouse de chocolate siempre va a estar en mi boca.

Dario Di Toro

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