Con el jarro al pie de la vaquita

lla historia de los lecheros

Aún se escuchan relatos de abuelos sobre un particular personaje: el lechero. Al principio el recorrido de venta fue a pie, otros continuaron a caballo y finalmente en carro.

Nos remitiremos al noroeste de la ciudad de Buenos Aires, en los albores del siglo XIX. Los nuevos barrios se sucedían como un abanico: Versalles, Villa del Parque, Villa Devoto, Villa Pueyrredón, Villa Urquiza, etc. Paulatinamente fueron llegando familias con acento: italiano, español… y con hábitos alimenticios: la leche y sus derivados. La venta del tan preciado alimento, trajo al vendedor ambulante de leche, en compañía de un cortejo conformado por: un ayudante, una o más vacas y los terneros.

Aparecen los vascos en escena

Por su experiencia relacionada en la manufactura lechera, trabajaron los 7 días de la semana. Contaban con algunas ventajas: su clientela tenía muchos niños por casa, carecían de las heladeras sin motor (con la efímera vida de la barra de hielo comprada al hielero). Otro detalle a favor fue que las barriadas –cercanas a donde hoy está la avda. Gral. Paz- se encontraban cerca de pequeñas chacras o terrenos donde podían dejar sus animales.

Guadalupe, propietaria de una casa chorizo en la calle Iberá (barrio Villa Urquiza), nos relató que: el ingreso desde la calle hacia el final del lote, cuenta con adoquinado original. La razón fue que por allí transitaron los carros tirados por un caballo hacia el fondo del mismo. En este lugar, un gran galpón se dividía en 8 boxes para las vacas, como testimonia el antiguo plano de la propiedad. Este era el tambo y almacenaba en su 1° piso el forraje. Gracias a la gentileza de esta vecina, contamos además con dos fotos que muestran parte de su relato: una anilla amurada a la pared medianera, donde se ataban los caballos y detalle del adoquinado.

Como todo arte, no era para cualquiera

El resultado del ordeño iba de la mano de la rapidez y efectividad con que se lo hacía, horarios claves, etc. Su grupo familiar o compatriotas tenían asignadas diferentes tareas afines (cuidado de los terneros, alimentación, etc.).

Los vascos: marca registrada

El paso del tiempo dio como resultado cambios en costumbres distintivas como:

Atuendo del lechero: boina o visera, camisa, una faja en la cintura y alpargatas blancas.

Reparto a caballo: transportaban en las alforjas puestas a ambos lados del noble animal, los tarros con leche. Las vacas quedaron desde entonces, en el tambo.

Las Jardineras: eran carros de dos ruedas. En su parte trasera se insertaban en  tablas con agujeros, los estilizados tachos de 20, 15, etc. litros de esne (leche en vasco). Todo cubierto por un techo de lona. Así nos lo recuerda hoy Nina Gómez, cuando a mediados de los ´40 aguardaba en Marcelo Gamboa y Barragán (Barrio Versalles) al lechero en jardinera. Nina y los vecinos de la cuadra, lo esperaban en la vereda. Algunos con cacerolas, otros con jarras. Al pasar todos los días en un horario fijo, no tenía la necesidad de tocar timbres porque sus clientes estaban al pie del cañón o mejor dicho al pie del carro.  

Ni en sachet, ni tetrabrik

El típico tacho era de hierro o cobre. En los últimos tiempos fueron de aluminio. Actualmente son objetos de decoración o colección. Generalmente contaba con la tapa sujeta al mismo recipiente por una cadena o bisagra. Hoy son piezas vendidas en anticuarios y por el sistema mercado libre. A esto se sumaban los coladores (que servían inclusive para revolver el líquido) y una jarra medidora.

 

Vinieron para quedarse

La pasteurización, el embotellado, la mecanización del ordeño, el Toddy y el Vascolet (cacao en polvo o en botella).

Con acertada visión mercantil llegaron a ser importantes terratenientes y empresarios de Usinas Lácteas. Algunos apellidos aún zumban en el recuerdo como: Casares, Altube, Olivera, etc., sin olvidarnos de Pedro Uthurralt, creador de La Vascongada.

En resumidas cuentas, es un balance con superávit. Historias de emprendedores que alimentaron a generaciones en nuestros barrios e hicieron patria fuera de la suya: ¡Vivan los vascos!

 

María Fernanda Gómez

 

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