Una reflexión sobre el suicidio de la joven canadiense

La semana pasada trascendió la noticia del suicidio de Rehtaeh Parsons, joven canadiense de 17 años. La muchacha había sido violada por varios compañeros de colegio durante una fiesta, quienes también la fotografiaron durante el episodio y subieron esas fotos a Internet. A partir de allí la joven fue acosada y burlada sin solución de continuidad. La familia denunció el hecho y hasta se mudó. Rehtaeh entró en depresión y requirió ser medicada e internada. Un año después se suicidó. La madre, quien considera aRehtaeh como víctima del ciberacoso, la recuerda con una página conmemorativa en Facebook. Los “post” subidos por cibernautas de todas las edades y procedencias también reflejan la polémica abierta por el trágico final de la adolescente. Aquí nuestra reflexión al respecto.

Es la ausencia de adjetivos posibles lo que nos agobia. La muerte en la flor de la vida… más aún por mano propia enmudece. El suicidio es la segunda causa de muerte en personas de entre 10 y 19 años, en la Argentina (Fuente: “Lineamiento para la atencióndel intento de suicidioen adolescentesAño 2012”. Ministerio de Salud de la Nación).

No casualmente la adolescencia es un momento de profundas transformaciones emocionales y de una dependencia que, en tanto renegada por los mismos jóvenes, debe ser cuidadosamente abordada por los adultos a cargo.  Los jóvenes no desean ser dependientes, pero aún lo son. Basculan entre un sentimiento de omnipotencia incrementada y la percepción de la desolación que experimentan en tanto personas en crecimiento que intentan diferenciarse de los modelos propuestos por los adultos cuidadores. Así, la adolescencia es,por sus propias características, un  momento de máxima vulnerabilidad vital.

Rehtaeh parece haber sido una más de estas chicas vulnerables que,  por múltiples imprevisiones, fue víctima de un delito, cuya no penalización la tornó más desvalida todavía. Sin ley que la proteja, la cadena de “acosos” se torna interminable y no hay intervención parental  o médica que pueda resguardarla de su propia vivencia de desvalimiento.

La exhibición del delito en Internet y  la multiplicación al infinito de las imágenes encuentra eco en jóvenes igualmente vulnerables y desvalidos que, víctimas también de la falta de sanción adulta,  replican sin crítica sumándose a la agresión que también crece en forma exponencial… Y Rehtaeh cada vez más desvalida y cada vez más inundada.

¿Qué pasó que ninguna ayuda fue suficiente para que pudiera dejar de ver los mensajes acusatorios en Internet o en su teléfono? ¿Por qué seguir atendiendo a  eso que no se quiere ver? ¿No fue suficiente la intervención de los padres con la  mudanza y la denuncia? ¿Seis semanas de internación terminan acaso con la vivencia de desamparo cuando se trata  de un problema de la sociedad en su conjunto?

Una primera lectura, quizás excesiva en su linealidad, hace que nos preguntemos por el acoso cibernético. Quizás deberíamos quitar el tono acusatorio de las redes sociales (simples multiplicadores) y acentuar la cuestión de la legalidad, cuya ausencia desprotege. Y no hablamos de legalidad  únicamente en el sentido jurídico, sino de aquellas normas que regulan y ordenan tanto la convivencia humana como el mundo psíquico. Normas que incluyen desde los intercambios entre pares, hasta la regulación del delicado equilibrio entre cuidado parental  e intromisión, pasando por el lugar de la escuela, la comunidad y la propia responsabilidad de la joven en desarrollo en relación a su sufrimiento.

Impresiona la facilidad con la que, a falta de condena jurídica, cada uno de los “espectadores virtuales” se vuelve protagonista de la historia y verdugo imaginario de los jóvenes delincuentes. Son escasos los comentarios donde es convocada la prudencia para la decisión o la intervención de una instancia tercera de pensamiento. ¿Estamos impactados y no podemos pensar? O se trata de la vuelta al ruedo de una lógica binaria, de “ellos y nosotros”, donde necesariamente la justicia se torna taliónica.

El ciberespacio abona pensamientos “fundamentalistas” por la misma multiplicación exponencial que permitió la viralización de la foto de Rehtaeh. Detrás de la pantalla todos somos parte de una masa sin líder evidente que opina según lógicas binarias, dónde “likeo” lo que más me gusta sin pararme a reflexionar. Reflexionar interrumpiría la cadena multiplicatoria. Bastaría con que sólo uno de esos “repetidores” se preguntase por lo que está haciendo. ¿El problema es el mundo cibernético o la dificultad para pensar en la consecuencia de los propios actos?

Y acá volvemos al principio ¿pueden estos muchachos preguntarse algo si los adultos responsables de su cuidado no atienden a sus demandas de sanción? ¿Qué buscan estos vándalos adolescentes cuando no hastiados con el delito cometido, replican el testimonio ad infinítum? ¿Palabras que sancionen su acto?

La juventud y la muerte. El delito y la sanción. La finitud y la repetición ad infinítum. Un par más: lo perentorio de la vida real y la conmemoración online.  Paradojas de la vida actual que un usuario de FB, visitante de la página conmemorativa sintetizaba:“Isupportthis page. butsomehowlikingthis page feelswrong???? (Apoyo esta página pero ponerle me gusta se siente erróneo?)  Nuevamente… es la falta de adjetivos posibles lo que nos agobia.

 

 

Autoras:Lic. María Eugenia Farrés- Lic. Silvina Ferreira dos Santos- Lic. Viviana Veloso.

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